Hace tres décadas que la familia Ayala endulza los paladares más exigentes

Todo empezó con la carne de membrillo. La abuela, con 16 años, se apostaba en un pequeño puesto en la puerta de la sala de cine a vender porciones de un dulce que hacía de forma artesana en su casa. En aquellos pequeños trozos está el germen de lo que posteriormente sería la Panadería de la Loles, y hoy en día son las Pastelerías Blanco y Azul, regentadas en la actualidad por la tercera generación de una familia vinculada desde siempre al sector hostelero de la ciudad. Creadas en 1978, las Pastelerías Blanco y Azul  son un referente a la hora de hablar de productos elaborados de forma artesanal y siguiendo recetas tradicionales.

“Nuestra señal de identidad es el producto artesano. Ofrecemos algo que no puede ofrecer ninguna otra confitería por la especialidad de cada producto, su proceso de cocinado siguiendo pautas de toda la vida y con ingredientes de primera calidad. Junto a estos productos de calidad, también ofrecemos un buen servicio porque creemos que es fundamental. Nos gusta invertir en personal porque es la base para que todo funcione bien. La dedicación y entrega de nuestro equipo de profesionales es el motor que impulsa cada día esta misión, con el apoyo y fidelidad de quienes endulzan, con nuestros productos, los paladares más exigentes.”, apunta Juan Carlos Ayala.

El nombre, vinculado a la fiesta principal de la ciudad de Lorca, viene dado por la pertenencia a diferentes cofradías de Semana Santa del padre y la madre de los actuales responsables de la empresa: “mi padre es azul y mi madre blanca”.

Actualmente, Blanco y Azul cuenta con tres establecimientos y un obrador. Los locales de cara al público están situados en lugares estratégicos como Lope Gisbert, Óvalo y Parque Comercial Almenara. El obrador se encuentra en el barrio de La Viña. La plantilla total la integran cerca de una treintena de personas. Su producción no solo se limita a la venta en sus pastelerías, Blanco y Azul también es proveedor de las principales cadenas hoteleras de la comarca. Su facturación anual ronda el millón de euros.

Entre los fogones, hornos, masas y chocolates, lo más difícil en la actualidad, según los hermanos Ayala, es combinar la parte artesana de producción con las exigencias que impone la Administración en cuanto a sanidad, trazabilidad y fiscalidad. “Nos hemos ido adaptando para no perder nuestra esencia, nuestros dulces hechos de forma artesana, pero no es fácil porque las exigencias son muchas. Creo que merece la pena porque lo que no vamos a hacer nunca es dejar de ofrecer lo que los lorquinos quieren y ha sido nuestra marca: calidad y artesanía”.

Hace un año y medio, el negocio familiar amplió la oferta de servicios incorporando a la producción habitual una sección de comidas para llevar.

La vida del confitero requiere mucho sacrificio, y eso lo saben bien los hermanos Ayala. “A las cuatro de la mañana hay que estar en el obrador preparando todo lo que se va a sacar a la venta en nuestras tres pastelerías. Un poco antes de las ocho de la mañana comienza la distribución”.

Tartas caseras, hojaldres, pasteles y pastelitos mini. Elaboraciones caseras de excelente calidad y atractiva presentación que requieren una mínima manipulación para obtener los mejores resultados. De entre todos los dulces que ofrecen en su carta, la milhoja es la estrella en cuanto a ventas, pero en cuanto a gustos, la milhoja francesa es la reina. “Gusta muchísimo”, afirma Ayala. Los sabores tradicionales se funden en Blanco y Azul con un concepto de pastelería artesana moderna, basado en la innovación de las elaboraciones y su adaptación al gusto de los clientes.

Este recorrido por la oferta gastronómica de Blanco y Azul no se puede olvidar de dos especialidades lorquinas como son los ‘chochos’ y picardías.

Sus panes también llevan entre sus ingredientes esa esencia de encanto tradicional que tanto demanda el consumidor hoy en día. Panes normales, de harinas especiales como espelta o centeno, de cerveza, integrales…especialidades diferentes que cada mañana llenan las vitrinas de Blanco y Azul a disponibilidad de los consumidores.

Con la silueta del Castillo de Lorca bajo un gorro de pastelero como emblema, Blanco y Azul también ha sabido adaptar su presencia y está presente en las redes sociales más importantes.

Lunes, martes, miércoles…da igual el día de la semana. No hay tregua en Blanco y Azul. Sus desayunos son emblemáticos, al igual que las meriendas. Sentados o de paso, ya se sabe… “A nadie le amarga un dulce”, y mucho menos si lleva la firma de Blanco y Azul.

Texto: TERE MARTÍNEZ

Fotos: PEDRO TERUEL